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La doble vara: exigimos cracks en la cancha y amateurs en el poder

Resulta llamativo el contraste: en algo tan trivial como el fútbol, la mayoría exige profesionales experimentados, con trayectoria y resultados demostrables. Sin embargo, en política —un ámbito que afecta profundamente nuestra vida diaria— una gran parte de la sociedad prefiere a los novatos, entendidos no necesariamente como jóvenes, sino como personas alejadas del sistema político tradicional.
Esta preferencia tiene una explicación comprensible. Muchos asocian a los políticos profesionales con la corrupción, los privilegios y el vivir del erario público sin horarios ni rendición de cuentas.
Desafortunadamente, la historia reciente da razones para esa desconfianza: hemos visto demasiados “ladrones de cuello blanco” que pactan con criminales, prometen una cosa y terminan haciendo otra.
Pero no toda la experiencia es sinónimo de corrupción. También existen políticos serios que trabajan por una mejor sociedad. El problema radica en que la política se ha convertido en una profesión desvalorizada, donde cualquiera puede entrar, y donde con frecuencia acceden personas sin ética, sin vocación y sin la mínima capacitación para el cargo.
La falta de moral y de preparación profesional explica en buena medida por qué tantos se transforman en mentirosos una vez en el poder.
Las campañas electorales incentivan la mentira: para ganar votos es más fácil prometer soluciones mágicas que explicar realidades complejas. El candidato ideal no debería vender la ilusión de que resolverá todos los problemas, sino presentar alternativas realistas que mejoren las condiciones de vida.
Un ejemplo claro son las becas estudiantiles de los alcaldes: cubren una parte del gasto familiar, pero no la colegiatura completa. Es un apoyo, no una solución total.
La gente pone mucha más atención y pasión en el fútbol porque le genera emoción, identidad y sentido de pertenencia. Sufre, llora y se enoja cuando su equipo pierde (Asi como sucede en el mundial o los campeonatos), y analiza hasta el último detalle de cada jugador.
En cambio, la política —que influye mucho más en su bolsillo, seguridad y futuro— genera menos simpatía. Se quejan cuando sube la gasolina o falla el transporte, pero muchos solo desahogan su frustración en redes sociales y luego no votan.Esta actitud es ilógica. Exigimos más a un jugador que ni conocemos personalmente que a quienes decidirán nuestro futuro colectivo.
Como sociedad nos hemos acostumbrado a pensar que “todos los políticos son iguales”, lo que genera resignación, abstencionismo y, al final, que ganen los peores candidatos.
Es urgente cambiar esta dinámica. No basta con votar por enojo o por el “menos malo”. Necesitamos mayor involucramiento ciudadano: incentivar a vecinos y conocidos a participar, preparar nuevos cuadros políticos con capacidad y, sobre todo, con ética.
Un buen político debe combinar múltiples habilidades —administrador, psicólogo, comunicador, gestor, analista, líder— y tener el carácter para tomar decisiones difíciles.
Gobernar es complicado porque es imposible complacer a todos, y siempre se cargan con los errores y pecados de los gobiernos anteriores. Si los políticos fueran completamente honestos sobre lo que realmente pueden lograr, sus discursos serían más cortos y menos atractivos. Por eso la mentira se volvió parte del juego: la sociedad presiona para que prometan lo imposible.
En última instancia, necesitamos dos cosas: políticos mejor preparados y con sólida moral, y una ciudadanía más consciente y participativa. Dejar de votar no resuelve nada; al contrario, abre la puerta al peor escenario. Solo con interés real, exigencia constante y una nueva cultura política podremos mejorar el rumbo de nuestro entorno. Nadie vendrá a solucionarlo por nosotros.

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